Perdonar la imperfección de Dios es perdonarnos.
Perdonar sus caprichos
es perdonar su invento llamado vida
el sutil misterio que somos
y los absurdo de la existencia humana.
Perdonar nuestro aliento
es perdonar la trampa inevitable
donde guarda sus secretos
y la muerte inapelable
que arde hasta extinguirnos.
Perdonarla desde su caos
cuando de la tierra entre el fuego
nos colocó en el agua y nos lanzó en el viento
en caminos opuestos, senderos afines
encuentros y desencuentros.
Así todos seremos perdonados
por inventar un trecho de Amor
en el camino.
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